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LOS LUBRICANTES. (Capítulo II)

Memorias de María Casillas (Fundadora de NoSomosMalas)

Todo el mundo recuerda su primer beso. Parece un acontecimiento especial, muy importante. Mi primer beso fue con el espejo del cuarto de baño. Por sugerencia del Nuevo Vale, había que entrenar antes de que llegara el gran día,  y para eso lo mejor era probar con el espejo. Te acercabas despacio, abrías la boca y sacabas la lengua, pero claro, te encontrabas con una superficie fría y veías tu cara de idiota mientras besabas al espejo. ¡Un cuadro vamos!

Por aquella época salía con un chico que se llamaba Nacho, me tenía loca, su pelo rubio, sus pecas. Me encantaba, pero nada, que no había manera de darnos un beso. Paseábamos por el parque y yo veía a mi amiga Diana que salía con su hermano sentada en un banco comiéndose literalmente a su chico, y yo paseos para arriba, paseos para abajo, pero de besos con lengua nada de nada.

Un día al volver a casa descubrí que mi vecino, vete tú a saber porque, le estaba contando a mis padres que tenía novio y  no contento con eso le amenazó con pegarle sino me dejaba de ver. Y así fue como  terminó mi aventura con aquel chico de ojos azules al que nunca conseguí besar.

Unos meses después, por increíble que parezca,  empecé a salir con mi vecino. La verdad es que a veces he tenido la sensación de estar haciendo lo contrario a lo que debería, pero en fin, acabé saliendo con mi vecino, el del cuarto derecha. Ya se sabe que el que la sigue la consigue.

Pasadas unas semanas la angustia se apoderó de mí, pues el beso con lengua de nuevo no llegaba. Como se suele hacer en estos casos, una consulta a sus amigas, especialmente a mi amiga Diana que se daba esos besos interminables con su novio. “ La cosa es muy sencilla” me dijo, “Tienes que darle piquitos hasta que le entren las ganas, abra la boca y te bese.”

¡Vaya, que simple! pensé, no parece muy difícil. Me enfundé en mi minifalda de lana blanca recién comprada y me dirigí al parque donde mi Romeo me esperaba.  Dimos un paseo cogidos de la mano mientras me enseñaba los anzuelos nuevos que se acababa de comprar para ir a pescar con su padre.  Yo no estaba dispuesta a esperar ni un día más así que empecé a darle piquitos hasta que comenzó a abrir la boca lentamente.

Primer problema, nos molestaban las narices, porque claro si yo me iba hacia un lado el debía de irse hacia el contrario pero la cosa era complicada y no acabábamos de acoplarnos.

Segundo problema, te encuentras una lengua, húmeda y mojada dentro de tu boca y claro no tiene nada que ver con el frío espejo. ¡Peor aun!  Tampoco sabes muy bien qué hacer con esa cosa metida dentro de tu boca, aunque nada de eso importa porque por fin te han dado tu primer beso, el que nunca olvidarás, el importante.

Me retiré satisfecha, pensando en que ya era mayor. Me sentía radiante y contenta, hasta que al intentar separarme de él me di cuenta de que dos anzuelos de pescar se habían enganchado en mi falda nueva de lana blanca. Miramos el reloj, las ocho menos cuarto. A las ocho en punto tenía que estar en casa o estaría semanas sin salir, así que al final tuvimos que cortar la falda y aparecí con un agujero en el centro de la minifalda nueva. Dos semanas sin salir y la absurda sensación de que aquel beso húmedo y descoordinado me había costado demasiado caro.

El siguiente paso en la evolución del sexo llegó a las pocas semanas. Abrazados debajo de unas de las terrazas de enfrente de mi casa introdujo su mano lentamente por debajo del polo blanco del uniforme y decidido se adentró en las profundidades del sujetador. Aquel  primer contacto con su piel, el frio de la calle y la sensación de estar haciendo algo malísimo, se grabaron aquella noche en mi memoria. Subí a mi casa convencida  de llevar colgado un cartel con la palabra ¡Culpable!, he cometido un pecado gravísimo, pero al encontrarme con los ojos de mis padres ninguno me comentó nada al respecto, así que entendí que ni el sexo era algo tan malo, ni era cierto aquello que contaban en las revistas de que la cara te cambiaba y se te notaba más mujer cuando hacías guarrerias con tu novio.

Porque antes, cuando salías con un chico, era tu novio y no saltabas ni dabas un respingo por ello. Ahora no, ahora dices tímidamente “Mi chico” porque la palabra novio está mal vista y suena a compromiso. Y yo me  pregunto ¿Cómo es posible que con catorce años dijera la palabra novio orgullosa y sin dudar, y ahora dieciocho años después vayas diciendo en susurros mi chico como si tener novio fuera algo peor que una verruga? Definitivamente el mundo se ha vuelto loco.

Considero que mi generación tuvo bastante suerte,  disfrutábamos de una libertad recién estrenada y crecimos sin prejuicios en lo referente al sexo. En casa podíamos hablar relativamente de todo, aunque nosotras siempre preferíamos recurrir a la sabiduría todopoderosa de las amigas más mayores. Teníamos cierto pudor en lo referente a nuestros padres. En mi casa aún miraba hacia otro lado del televisor si aparecía alguna imagen comprometida y nunca me dejaron ver “Nueve semanas y media”.

La primera vez que me acosté con un chico lo hice más porque tocaba que por que sintiera una necesidad de hacerlo. Llevábamos juntos dos años y era lo que se debía hacer. Era un hecho, cuando llevabas saliendo mas de un año con tu novio era evidente que se iba a llevar tu preciada virginidad, aunque para mi generación la virginidad dejó de ser un valor en alza y fue perdiendo  la importancia que tan sólo unos años antes había tenido. Por consejo de su primo y mis queridas amigas llegamos a la conclusión de que ya llevábamos el tiempo suficiente como para hacerlo.

Elegimos un día en que mis padres habían salido fuera, claro, entonces éramos modernos pero no tanto como para hacerlo con tus padres dentro de la casa.  Me preparé lo mejor que me pareció y no se me ocurrió otra cosa mejor  que ponerme un pijama de ositos y cuadros. Eso sí, debajo llevaba un fantástico body negro de encaje que me había regalado por mi cumpleaños, el muy listo.

Nunca me han gustado los bodys, con esos incómodos corchetes en la parte de abajo que se te clavaban sin piedad, y que además una vez estabas puesta en faena acababas con la parte de arriba bajada, los corchetes desabrochados y el body enrollado en la cintura. Un asco, vamos.

Eso sin contar que en aquellos tiempos apenas te depilabas un poco la ingle, y claro se te acaban enganchando los pelillos en los corchetes y el resto sobresalían por la abertura. Estabas tranquilamente sentada cuando de pronto ¡Zas! Te acababas de arrancar un par de pelillos.  Me tenso sólo de recordarlo. Claro aún la foto-depilación no había llegado a nuestras vidas.

Nos sentamos en el sofá. Estábamos  nerviosos, muy nerviosos. Nos miramos y comenzamos a besarnos. No había mucho que decirnos, estábamos decididos y seguros. Nos besamos y por la impaciencia o porque no sabíamos muy bien lo que hacíamos en unos minutos estamos sin ropa, completamente desnudos y en la cama de mis padres.

Me gustaría adornarlo y poder decir que fue estupendo, que estaba muy excitada y deseosa de que me penetrara. A los cinco minutos se puso el preservativo, aunque para él  no era la primera vez, también estaba  bastante nervioso. Se tumbó encima de mí y en cuanto vi su pene en erección pensé en si tendría que meterme realmente todo eso, no estaba lo suficientemente relajada. Notaba su aliento a tabaco, su cuerpo me pesaba, y aquella gigante cosa no quería entrar, se resistía.

Mientras él me preguntaba si me dolía yo pensaba en que no entendía como el asunto del sexo podía haber hecho caer grandes imperios. Había leído tanto sobre la primera vez, relatos reales sobre el deseo, la felicidad que te embargaba, y el éxtasis final.  Nada que ver con ese dolor intenso, que piensas que estallarás por dentro, y pides que acabe pronto. Cuando por fin terminó, miró las sábanas, y me dijo: “No has sangrado nada, mi exnovia, cuando lo hicimos la primera vez sangró y tuvimos que cambiar las sábanas.”

Me incorporé de la cama, estaba dolorida.  Tenía la sensación de que algo se había roto dentro de mí, que ardía. Pese al dolor  que sentía me metí los dedos en la vagina y se los mostré delante de su cara, estaban manchados de sangre. “¿Estás satisfecho?”- le pregunté. “Bueno mujer, no te pongas así.” ¡Menudo cretino!

Cuando se marchó  primero sentí un alivio enorme y a continuación entré en mi habitación. Cogí todas las revistas que guardaba al fondo del cajón y las metí en una bolsa para tirarlas a la basura. Ese día llegué a dos grandes conclusiones. La primera era que las experiencias que contaban aquellas revistas no siempre eran ciertas y no valían para todo el mundo. La segunda conclusión a la que llegué aquel día fue que para empezar a tener relaciones sexuales había que estar preparada mentalmente y físicamente. Mi mente estaba preparada, quería hacerlo, pero mi cuerpo no lo estaba, no disfrutaba lo más mínimo con las torpes caricias que me hacía.

No estaba dispuesta a dejar así las cosas, me dirigí al baño, me senté en la taza del vater y comencé a acariciarme. Nunca había tenido un orgasmo, siempre que lo intentaba me ponía nerviosa, me frotaba muy deprisa, pero aquel día estaba tan dolorida que comencé ha hacerlo muy despacio, pensé en aquel chico rubio de pecas al que nunca había besado, me imaginé pasándole la lengua por sus labios, apenas pasó un minuto cuando sentí como todo mi cuerpo se contraía, mientras de mis labios se escapaba un gemido. Aquello si era sexo del bueno, pensé.

Al día siguiente, en el instituto, me costaba mantenerme  quieta en la silla. Estuve con molestias varios días. Después de aquella vez  mantuvimos  relaciones de forma regular, aunque la cosa no mejoró demasiado. A los pocos meses yo me tumbaba en el sofá giraba la cara hacia la tele y veía los dibujos de Bus Bunny mientras el jadeaba. Como diría mi hija “Esa relación estaba destinada al fracaso.”

Durante estos años he hablado con muchas mujeres, lo que me da una visión muy amplia de lo que sentimos. Cada mujer es única y siente las cosas de una manera diferente. Eso hace que comparar o generalizar sobre lo que debemos sentir, o como deben ser nuestros orgasmos o que nos hace vibrar, sólo sirva para crear falsas expectativas que quizá nunca puedan cumplirse.

A medida que avanza la medicina cada vez se da mayor importancia al estado de ánimo. Muchas mujeres después de haber vivido una etapa difícil o un desengaño desarrollan un cáncer de mama. Cualquiera que trabaje en la medicina lo sabe. En algunas consultas incluyen en la encuesta antes de realizarte la mamografía una casilla donde se pregunta si se ha sufrido un divorcio reciente.

Querernos, querernos y querernos. Esa es la respuesta.  Eso es  lo que siempre intento  transmitir a las mujeres en mis reuniones tuppersex, que se sientan bien, que se quieran.  Parece simple, parece fácil, pero a veces  no lo es.

Tras aquella primera experiencia con las bolas chinas, me había aficionado a comprar juguetes y productos eróticos. En aquella época   trabajaba en un hospital y estudiaba. Estaba enamorada hasta las trancas, que diría mi abuela, enamorada de verdad por primera vez y eso me hacía sentirme en la cima del mundo.  Nos encerrábamos en casa, jugábamos a disfrazarnos, mirábamos el reloj y salíamos corriendo cada uno a una habitación. A los veinte minutos quedábamos en el comedor para ver quien lo había hecho mejor. Casi siempre ganaba él.

Vivía en un estado de felicidad permanente, envuelta en una burbuja protectora que me impedía ver la realidad la mayoría de las veces. Desde aquel estado en que me encontraba, me era muy fácil animar a mis compañeras de trabajo Cada día hablábamos de sexo, de posturas, de anécdotas. ¿Os habéis fijado lo fácil que es todo al principio de una relación? Al principio todo vale, te da igual si estás en el coche, sin depilar y fuera hace una tormenta espantosa. Basta con que te ponga un dedo encima de la pierna y ya estás preparada y lubricada como un Ferrari. De cero a 100 en cinco segundos.

Durante las reuniones tuppersex  hay un momento en el que siempre pregunto si utilizan lubricantes. Muchas mujeres ponen  mala cara y me contestan: ¡Eh a mi no me hace falta! Es como si las estuviera acusando, secas, secas.

Yo siempre digo que es como ir a la nieve con tacones o utilizar un buen esquí para deslizarse.  Durante mucho tiempo los lubricantes sólo se mandaban a mujeres que después de la menopausia tenían mucha sequedad vaginal, tanto que les molestaba la penetración. Eran lubricantes que te ponías veinte minutos antes de las relaciones y debías esperar a que hicieran efecto. Imaginaos una mujer que está con la menopausia, que casi no tiene ganas de tener relaciones. Dices, “Espera un momento” y te vas al  baño con el bote del lubricante.  Te lo pones, y  a esperar a que haga efecto.  Vamos,  que sales del baño pensando ¿Qué estaba haciendo yo?

Afortunadamente las cosas han mejorado bastante, lubricantes comestibles, de frío, de calor, todo un arsenal para hacer que una caricia sea un deslizante juego.

Los lubricantes pueden ser de dos tipos. Los más extendidos y utilizados son aquellos que tienen una base de agua, ya que son compatibles con todo y no hay que tener ningún cuidado especial a la hora de usarlos. El segundo tipo son los llamados con base de silicona, y paradójicamente a lo que podemos pensar por el nombre, no deben ser mezclados con ningún juguete que sea de silicona. Al hacerlo se produce una reacción química y el juguete se deteriora, a veces tanto que puede parecer que lo hemos acercado a un radiador caliente.

Desde que empecé a trabajar con No Somos Malas me he encontrado algunas contradicciones en el mundo erótico.  Muchas veces me encuentro kits en los que se incluyen bolas chinas o vibradores, acompañados de lubricantes de silicona.  Son fáciles de reconocer, porque suele aparecer la palabra body, o dibujos de cuerpos o masajes.  Claro que si no te das cuenta y lo mezclas, acabas de tirar a la basura la inversión que hayas echo en el juguete. Bueno, bien pensado a lo mejor sí saben lo que hacen.

Un lubricante debería ser un básico de tu mesita de noche, para tus juguetes, para tu chico, para cualquier situación en la que quieras quererte o dejarte querer. Por que te gusta deslizarte, porque llevas mucho tiempo con tu chico y ya no es como antes, porque estás embarazada, porque estás llegando a tu edad dorada, por mil razones, o simplemente porque todo lo que esté mojado desliza mejor. Por eso decimos: ¡Arriba el lubricante! Y por Dios y por nuestra libido que deje de ponerte saliva si no lubricas lo suficiente.


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Sexo Anal. Analisis en profundidad.

El Sexo anal ha existido desde que existe el hombre, dependiendo de las épocas y de las culturas ha sido considerado con normalidad o como absoluto tabú.

En Esparta los hombres eran bisexuales y aunque era obligatorio que se casaran podían mantener relaciones homosexuales durante toda su vida. En Roma en cambio, tenían prohibido el sexo anal con romanos aunque estaba permitido con esclavos. En Nueva Guinea, los Mangianos utilizan el sexo anal de manera habitual durante la menstruación, además de formar parte de sus ritos de madurez, ya que consideran que los jóvenes deben recibir el semen de los más sabios para completar su educación.

El sexo anal en la historia.

La palabra Sodomía procede de Sodoma, ciudad mítica junto a Gomorra por haber sido destruida por Jehová por sus excesos sexuales.

Esta práctica ha sido condenada durante los últimos dos mil años por casi todas las religiones tanto por considerarse infértil como por los peligros higiénicos que conlleva. En 2007 en algunos estados de Estados Unidos aún se consideraba delito aún habiéndose realizado dentro del matrimonio.

Antes de tener una penetración anal hay que tener en cuenta algunos aspectos.

El recto tiene dos anillos circulares llamados esfínteres que lo rodean. Cada uno funciona de manera independiente. El esfinter externo está controlado por el Sistema Nervioso Central, lo que significa que podemos controlarlo y hacer que se relaje.

El esfinter interno en cambio, está controlado por el Sistema Nervioso Interno, lo que implica que no responde a nuestra voluntad.

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Los lubricantes – Analisis en profundidad

Hoy en día disponemos de una amplia gama de lubricantes que podemos encontrar en farmacias o tiendas eróticas. Lo que nos plantea la duda de cual será el que más se ajuste a nuestras necesidades. Cada lubricante tiene unas características propias y debemos conocerlas para sacarle el máximo partido.

lubricantes

La vagina es un músculo elástico que posee secreciones propias que la mantienen húmeda. Pero en determinadas circunstancias tales como en los primeros días después de la regla, durante el embarazo, por la caída de estrógenos en la menopausia o por algunas infecciones micosas (producidas por hongos), se produce sequedad vaginal y como resultado un coito doloroso.

Algunas mujeres además de este coito doloroso bien por factores psicológicos añadidos y por la ausencia de orgasmo tienen verdaderas contracciones vaginales llamadas vaginismo que las impide tener penetración.

En los casos más extremos los músculos de la vagina se contraen una y otra vez produciendo un sangrado vaginal y fuertes dolores que impiden la penetración.

Para una relación sexual más sensitiva y placentera o bien para aquellas mujeres que tengan problemas de lubricación disponen de una amplia gama de lubricantes que analizaremos en profundidad.

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